Los hijos de los hijos de la ira
XXI Premio de Poesía Hiperión.

1ª edición.
64 pp.
Español/España.
 
CLARK, Ben
poesía Hiperión, 526
ISBN:84-7517-876-6 / 978-84-7517-876-2
Precio: 7 euros.
Resumen

Ben Clark nació en Ibiza en 1984. Ha recibido numerosos premios locales, entre ellos el "María Villangómez de Poesía". En Cataluña quedó segundo en el " XXVI Premi Josep Pla" por su poemario Secrets d'una Sargantana, publicado después en Ibiza en el año 2001. Durante el curso 2004-2005 residió en Córdoba con una beca en la fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores y recibió el primer Premio de Arte Joven de Baleares por Cabotaje. También ha publicado en Capítulo Tres y en Anayita. Desde hace cuatro años, escribe una sección semanal propia en el Diario de Ibiza. Reside en Salamanca, donde estudia Filología Inglesa.

Críticas

“Hay en él versos y poemas tajantes, soltura imaginativa y un atrevimiento que no se encoge ni cuando tiene que apoyarse en la tradición. Es éste, en fin, un libro de poesía joven que, con permiso de Perogrullo, es poesía, y es joven.”

Ángel L. Prieto de Paula, “Babelia”, El País, 27. 5. 2006

 

“La voz de Clark, desde el versolibrismo, es sólida, contundente, rica en imaginería y, pese a sus desfallecimientos y caídas retóricas, realmente prometedora.”

Ricardo Ruiz, Diario de Burgos, 11. 6. 2006

 

“Como bien señala el título, Los hijos de los hijos de la ira (con Dámaso Alonso al fondo) es un libro generacional… En lo formal, destaca, sobre todo, la fluidez de su ritmo y sus contundentes imágenes.”

                                                                  Luis García Jambrina, ABC de las Artes y las Letras, 29. 7. 2006

 

“Ben Clark se apoya en un último ‘Epitafio’ para proclamar: ‘…le temo a la muerte’; y es en su libro, retador y rebelde, donde halla su mejor arma para contrarrestar su temor último.”

Jorge de Arco, “El Argonauta”. Diario de Ávila, 21. 7. 2006

Ejemplo

"Hijos de la bonanza" nos llamaban:
los que no conocieron ni la hambruna
ni las agudas larvas de estridencia
chillando en el oído por las bombas.
Y cuando nuestras piernas tan delgadas
caían y sangraban porque el parque
era de hormigón armado y frío,
se quedaban callados, observando
nuestro llanto con un gesto de sorna.

 
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